lunes, 7 de noviembre de 2011

EN LA MANO O EN LA BOCA. Por Martín Valmaseda




Conflictos en  Israel, hambre en África (por ejemplo), invasión en Asia o Latinoamérica por tropas del imperio … Y, sin ir tan lejos:  asesinatos y extorsiones en Guatemala, niños muertos por desnutrición  en Guatemala,  corrupción en Guatemala…
Pero a pesar de  eso  la pequeña vida de cada día tiene que seguir y en Guatemala  la gente sigue yendo al mercado, al futbol, a la milpa, a las distintas iglesias.  
Muchos, en su iglesia se olvidan, desgraciadamente, del hambre en África y de los niños muertos por desnutrición. Algunos pastores y padres  en el templo, intentan  recordar a los fieles   lo que sucede  en el mundo. Procuran hacerles pensar y orar sobre  lo que sucede en otros países y en su tierra.
“Ya se está  metiendo el padre en política -dicen algunos- al templo  venimos a rezar; nos olvidamos  de lo que sucede ahí fuera…”
En las iglesias católicas, a  mitad  de la misa, el padre levanta un  trocito de pan blanco y redondo: “tomen y coman que esto es mi cuerpo”.
Los fieles se acercan y comen  este trocito redondo.  Luego irán a su casa a almorzar. Como complemento de la hostia pequeñita  que  comieron, seguirán comiendo en familia algo más sustancioso. Pero  otros se tendrán que contentar  con mucho menos. Completarán el menú de la misa con unas tortillas con sal o chile, acaso unos frijolitos.
 Un teólogo (Leonardo Boff) cuenta en uno de sus libros (“Los sacramentos de la vida”)  que una mujer se acercó al padre después de misa:  “Padrecito fui a  comulgar   porque    tenía hambre y no había podido  encontrar nada  que llevarme a la boca.”
“Tomen y coman, que esto es mi cuerpo”. Había dicho el padre. Un poco después, ayudado por  algunos “ministros”  cuando hay mucha gente,  se pone a dar ese pan, cuerpo de Cristo, a los que se acerquen.
Para celebrar esa ceremonia, que es tan sencilla aparentemente, podemos ver  reacciones muy distintas. ¿Quieren que hagamos un repaso de los diferentes modos como la gente comulga? Veamos:
1.- Los (las) que se  complican: Se acercan,  hacen una genuflexión, luego la señal de la cruz y se besan los dedos, luego juntan las manos y sacan la lengua, después de comulgar algunos (son casos conocidos) se quedan de rodillas allí mismo y no dejan pasar a los de detrás que se ponen nerviosos…
2.- Los (las) que lamen:  Sacan una lengua larga y cuando les van a poner lo hostia  en ella  le dan un lametón en los dedos al  ministro , que con disimulo se limpia en la manga.
3.- Los (las) boquita de urna: su boca escomo  una urna  de votos  con abertura  estrechita.  El ministro tiene que apuntar cuidadosamente para introducir en ese angosto buzón el redondelito sagrado. A veces falla el golpe.
4.- Los (las) que muerden.- abren una boca de tiburón y cuando  el celebrante les da  el pan la cierran de prisa y si se descuida, le muerden un dedo.
5,. Los (las) indeciso(a)s.- acercan la cabeza, la apartan, la mueven de un lado a otro  y  hay  que ejercitar la puntería para  darles  la comunión.
6.- Las mamás en ejercicio.  – Son las mamás que se acercan con sus bebés. Es una situación simpática.  A veces  el tiernito está mamando y con él no hay problema.  A veces el tiernito se  anda revolviendo y mirándolo todo. Cuando se acerca la mamá, el  alarga el bracito. Si te descuidas te quita la hostia y hace la primera comunión a los cinco meses. Si usted está atento escuchará la carcajada de los ángeles. El repartidor de la comunión  (si no es un  escrupuloso) también se reirá  bajito.
Llevamos seis casos, seis, número diabólico y no se me ocurren más…. ¡Ah sí!.  El  7.
El siete es. el (la) “anticuado(a)”:  El anticuado se acerca  a comulgar  y cuando el padre dice “el cuerpo de Cristo” él  alarga la mano abierta. Le colocan la eucaristía en su palma. El se lleva el pan a  la boca , comulga y se vuelve a su sitio. Y ya está.
No está del todo. Entonces  quien  no ha oído hablar del  concilio que hubo hace unos 50 años, se asusta y piensa que es una falta de respeto. ¡Tocar la eucaristía con la mano!…¿¡a dónde vamos a parar!?. Debe  de ser más  santa la lengua que la mano, para que se asusten de eso.


Algunos  que comulgan  en la mano, dicen con cierta razón que es por higiene, que en el tiempo actual, con los peligros de contaminación de los  alimentos es más  seguro  este sistema de la mano que no te venga contagio por  la boca y los dedos.
Aunque, no me van a creer, hay  algunos presbíteros (sacerdotes)  que se escandalizan de que un cristiano corriente reciba la comunión  en la mano.
Seguramente los escandalizados no recuerdan a  un tal Jesús de Nazaret  que,  cuando estaba cenando con aquellos pescadores  de manos ásperas,  les dijo  (fue el primero, y el único, a quien se le ocurrió): “tomen y coman, que esto es mi cuerpo”. Luego  partió  en trozos un pan, un pan de verdad (no una galleta  finita como la de hoy). Se lo fue dando… en la mano, claro, en la mano rugosa y manchada de aceite  y grasa de cordero que habían comido antes.   Se metieron el pan en la boca lo masticaron, con los ojos abiertos de asombro, pensando: “… ¡Esto es su cuerpo que se entrega por nosotros!…  Eso de  entregarse anuncia  peligro, tal como  anda este  país…”.  Y en efecto, poco después no les dijo  “pueden ir en paz” sino: “levantémonos y vámonos de aquí”.  Salieron hacia el Huerto de los Olivos”. La continuación de lo que pasó ya la saben.
Pero estábamos hablando de la comunión. La comunión de aquellos  pescadores y de  todos los  que los años después  se les unieron.
Cuando  aquel condenado resucitó y les levantó la moral,  los seguidores del resucitado se siguieron reuniendo  en cenas para recordarlo. Volvieron a  compartir la comida y a  partir el pan recordando su vida y   sus palabras: “coman , esto es mi cuerpo”. Luego lo repartían y compartían en sus manos de trabajadores y trabajadoras y se lo llevaban a la boca.
Si  en aquellos días  alguno o alguna  hubiera dicho: “a mí no me lo des en la mano. Dámelo  en la boca, en la boca”… Le hubieran contestado: “¿pero en la boca por qué? Eres un niño pequeño?. ¿No sabes  compartir la comida con todos  normalmente, como una persona mayor que tiene manos  y sabe lo que hace?”…
Pero esta es una historia muy antigua. Al cabo del tiempo, a alguien se le ocurrió decir que  mejor en la boca, que seguramente Jesús se había equivocado.  Y ahí nos tienen.
Hoy entre quienes presiden  la  celebración de la misa hay dos maneras de pensar.  Unos prefieren  dar la comunión en la boca, otros en la mano. Por lo que se ve  quienes la dan en la mano a quienes quieren, no les importa  dársela también en la boca a quienes la prefieren así.
Pero tengo la impresión de que  muchos que la dan en la boca lo hacen  queriendo obligar a que siempre y para todos sea  así y se irritan contra  quienes ponen la mano.
Desde luego empeñarse en  esa lucha, mientras vemos en el mundo conflictos en  Israel, hambre en África (por ejemplo), invasión en Asia y Latinoamérica por tropas del imperio… y sin ir tan lejos:  asesinatos y extorsiones en Guatemala, niños muertos por desnutrición en Guatemala, corrupción en Guatemala…
Que cada uno tenga libertad de  comulgar como quiera.   Que nos preocupemos   de lo importante: de que la comunión sea el compromiso para seguir  a quien  dijo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes”.   Que  después de comulgar, en la boca directamente o a través de la mano, vayamos entregando nuestra vida para que  acaben las corrupciones, y las guerras; que haya pan o tortillas  para que todos las compartamos en la mano, en la boca, nos lleguen al estómago y nos calienten el corazón.


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